Por las aceras de la madrugada…

IMAGEN TOMADA DE LAS REDES SOCIALES.

El genio de Úbeda platica en el libro “Yo también sé jugarme la boca: Sabina en carne viva” una anécdota poco conocida.

“Una noche, en una discoteca, ocurrió eso que pasa a veces, que te vas quedando y quedando y quedando sin decidirte a marcharte a casa. El caso es que ya eran las doce de la mañana y quedaba solo una chica. Entonces nos miramos y nos dijimos: «¿Qué hacemos?», y ella me propuso que la acompañara a tomar una copa y yo le dije que sí, que encantado. «¿Me puedo llevar a un amigo?», me preguntó de pronto, y yo: «Naturalmente».

El caso es que el amigo era el bombero torero. Así que, en alegre procesión y silbando una alegre cancioncilla, la chica, el amigo y yo nos montamos en un taxi y nos dirigimos, con una alegría digna de mejor causa, a unos apartamentos por horas de Capitán Haya. Quisiera tener un vídeo de lo que vio el portero cuando entramos: la chica crepuscular, el bombero torero y yo con esa cara de «no estamos borrachos y esto no es lo que parece». Pedimos champán y nos tumbamos en la cama a bebérnoslo y a discutir sobre cosas que ahora no te sabría decir. Sí recuerdo que la chica me atacaba y yo no me defendía [risas].

Y hubo un momento en el que me di cuenta de que habíamos alcanzado tal grado de descontrol y de desastre, que me dije: «Como te descuides, Joaquín, el bombero te echa un polvo» y, en una brizna de la poca sensatez que me quedaba, me levanté con la excusa de ir al baño y me largué de allí a la francesa. Ya en el taxi, camino de casa, pensé: «¡Dios mío de mi vida!». Debían de ser ya las tres de la tarde. Imagínate la cara que ponían los taxistas cuando me veían en semejante estado.

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De hecho, Gurruchaga me contó un día, porque él también era de taxistas pues tampoco ha tenido nunca coche y también era noctámbulo, que había cogido un taxi y le había dicho el taxista (serían las doce del mediodía): «¡Joder! Acabo de llevar a su amigo Sabina. ¡Iba con una chica que le estaba echando una bronca…!».

Bueno. El caso es que la mañana, cuando por fin llegué a casa, pensé: «Hogar, dulce hogar». Sentí el calorcito de la calefacción, me di una ducha y, al meterme en la cama, noté en mi piel el roce de las sábanas limpias.

Y eso fue, te lo juro, como una vuelta a la civilización”.

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