Anécdota de Joaquín Sabina…en Londres…

El maestro Joaquín Sabina cuenta a Javier Menéndez Flores, en su libro “En carne viva: Yo también sé jugarme la boca”, una anécdota poco conocida. 

“Yo, en Londres, estaba enamorado de una chica que se llamaba Sonia. El caso es que ella pensaba que vivía como un hijo de puta que le ponía el cuerno. Yo era un hijo de puta, pero no le ponía los cuernos con nadie hasta que un día ocurrió.

Por aquel entonces yo cantaba en con una chica colombiana maravillosa y muy guapa, pero nunca le había puesto los cuernos a Sonia aunque ella estaba convencida de lo contrario.

Así que un día, por fin, en defensa propia, me fui con esa chica colombiana tan guapa. Cuando volví a la casa que compartíamos Sonia y yo, ni siquiera pude decirle: «esta noche he estado con otra mujer», no, no… Sonia no estaba y había una nota en mi mesilla de noche, debajo de la lamparita, que decía más o menos esto: «como siempre he sabido que eres un hijo de puta, durante estos dos años, y para curarme en salud me he acostado con todos estos», y a continuación daba una lista detallada de trece o catorce tipos, con nombres y apellidos. Los iba describiendo uno por uno: «este porque se parecía a ti, este no sé qué; este porque había leído a Rayuela». Y en el último decía: «y en este momento me estoy acostando con tal». Impresionante, ¿no? Se me ponen los pelos de punta. Pues sí, a pesar de eso nos queríamos mucho.

Mira, me está viniendo a la cabeza otra historia de Sonia muy divertida. Un día, muy amorosamente, me cortó el pelo –porque como tú comprenderás por esa época yo no tenía dinero para ir a una peluquería–, y cuando terminó envolvió, con todo su amor, un mechón de mi cabello y lo guardó.

Bueno, pues una de las mil veces en que nos peleamos y ella se fue, yo estaba rebuscando por los cajones tratando de encontrar algo, por cierto, esto que te estoy contando viene directamente con: «Y regresé a la maldición del cajón sin su ropa…».

Bueno, pues revolviendo cajones vi de pronto el maravilloso sobre con el lacho donde, mi amadísima Sonia, había guardado mi mechón. Entonces me emocionó, deshago el lacho, desenvuelvo el envoltorio y me encuentro con mi mechón… ¡calcinado!”.

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