Pájaros de Portugal.

“A veces las canciones nacen de las noticias”.​

“““Pájaros de Portugal” fue una canción que se recibió, al menos en mi caso, como agua de mayo; ya que se trataba de la primera obra de Joaquín después de pasar su depresión, su nube negra. En esta canción Joaquín nos cuenta una historia verídica, pero desde ese prisma poético que lo diferencia del común de los mortales.

La historia habla de dos jóvenes que hace unos ocho años se fugaron de sus casas de Tarragona, a modo de travesura adolescente, porque querían ver el mar. Durante los días que duró su aventura, el país entero estuvo conmocionado temiendo por su paradero. Su aventura se truncó cuando se llevaron una gran desilusión al ver que el mar no era tan bonito como habían visto en la tele, y regresaron a sus casas, derrotados y asustados. Hasta aquí la crónica oficial de los hechos, pero cuando aparece la palabra Sabina, de una historia se saca una canción llena de detalles y matices.

Como siempre para comenzar pongámonos en situación, ya sabemos la historia que se nos quiere contar, ahora tenemos que ver cómo se nos cuenta. Joaquín utiliza el símil de los “pájaros”, quizá para representar esa huida prematura del nido que protagoniza esta pareja, prematura y fugaz todo sea dicho. Como destino colocaremos “Portugal”, y para darle un matiz mucho más poético, literario y épico quizás los nombres de los dos protagonistas de la historia serán “Abelardo” y “Eloísa” como esa mítica pareja de la época medieval.

“Pájaros de Portugal” tiene una anécdota muy concreta. Hace ocho o diez años se escaparon de sus casas de Tarragona dos chavales de 14 o 15 años. El país estuvo aterrorizado esos días porque se creía que los habían matado, que los habían violado, cualquier cosa. Y nada de eso había sucedido: querían ver el mar, y cuando vieron que era peor que en la tele llamaron a sus padres acojonados. Volvieron, vírgenes, supongo, acojonados... Sí, a veces las canciones nacen de las noticias, pero hay que rumiarlas. Eso pasó hace ocho años, y cuando leí la noticia pensé: aquí hay una canción. Pero la canción misma viene ocho años después, cuando ya se ha medio olvidado.

Joaquín Sabina

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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En numerosas ocasiones de jóvenes o no tan jóvenes, hemos iniciado alguna aventura que casi antes de empezar sabemos que es muy arriesgada, que está abocada al fracaso, pero nos produce una sensación tan especial llevarla a cabo que no reparamos en ello. Esa euforia frenética que te entra al principio, cuando te sientes invencible, valiente, triunfador por haberlo hecho; y que posteriormente y, en muchos casos, irremediablemente se va convirtiendo en la angustia del fracaso, del “se veía venir”, “era una locura”, “en qué estaba pensando…”. Pero la vida muchas veces se alimenta de esos momentos de euforia. Es mucho más bonito intentar un imposible sin dirección, ni alpiste, ni papeles. Las victorias tienen mucho que lucir, pero poco que contar, los fracasos son mucho más útiles y bonitos cuando el trasfondo es cumplir un sueño.

Estos pájaros, arcángeles bastardos de la prisa, querían conocer el mar… un sueño precioso para todos aquellos que han nacido lejos de la costa, y más aún para los que en su adolescencia todavía no lo han conocido. Todo aquel que conoció el mar con un poco de consciencia seguro que recuerda ese momento como algo muy especial y como todo aquello que tienes idealizado quizás un poco decepcionante, siempre se te antojó más triste que en la tele.

“Abelardo y Eloísa hoy comparten vidas y facturas. No son libres, pero tienen sus pequeñas cuotas de felicidad que nadie les puede arrebatar”.

Como ya sabíamos, era una historia con un destino prefijado de antemano, el fracaso. Es en ese momento en el que empiezas a buscar un poco de sensatez en todo lo que has hecho, y como el pasado no se puede cambiar, tienes que aplicarla a solucionarlo. Esa sensatez del desvarío lo único que te produce es vértigo, ansiedad, sentimiento de culpa… en fin es cuando se te viene el mundo encima, cuando todo ese castillo de naipes que habías construido a toda prisa y que se había sustentado sobre unos cimientos tan débiles como son las ilusiones, se derrumba ante tus pies.

Seguimos con nuestra historia, nuestros pájaros se nos quedaron sin alas para volar y como consecuencia tuvieron que regresar a todo aquello que abandonaron prematura y precipitadamente, con el rabo entre las piernas, sin posada, sin escudos y sin visa. Sin embargo, como ya he dicho antes, muchas veces en la vida se suceden estos fracasos, y por lo general se les tiene más estima a los fracasados soñadores que a los victoriosos sin contemplaciones. Quizá porque la compasión y la empatía es más bella que la envidia. Es la eterna historia del pequeño que en su intento de hacerse grande se estrella porque sus armas eran mucho más débiles que las de los demás. Siempre contará con la victoria del reconocimiento general, aunque al principio sea difícil de ver, con la perspectiva de los años se valora mucho más.

“Así es la libertad. Cuando tenemos fuerza y ganas, no tenemos madurez ni independencia. Cuando tenemos la madurez y la independencia, no tenemos la fuerza ni el interés para tomarla”.

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Todo se resume en este último fragmento, una hazaña imposible bucear contra el Everest, dirigida irremediablemente al fracaso de ahogarse. Surgida como la mayoría de las veces de la inexperiencia y complicada de digerir cuando todo se precipita porque nadie les enseñó a merecer el amparo de la virgen de la soledad. Porque los imposibles son en muchas ocasiones muy bellos, muy puros, cargados de buenas intenciones… casi tantas como trabas para conseguirlo… ¡qué pequeña es la luz de los faros! de quien sueña con la libertad… pero qué bonito es soñar, y que bonito es poder contar que soñaste”.

* Visto en redes.

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