Interpretación “Leningrado”.

IMAGEN TOMADA DE LAS REDES SOCIALES.

Joaquín Sabina publicó esta canción en su álbum: “Lo niego todo”.

Las ciudades son unas de las claras protagonistas en las letras de Sabina, actuando como andamiaje perfecto para las historias de amor y desamor que acostumbra relatarnos. Madrid y Buenos Aires han sido las grandes afortunadas del cancionero de Joaquín, ya fuera bajándose en la estación de Atocha o subiéndose a un colectivo destino cancha de Boca. No hace mucho tiempo se fue a Praga a romper una canción, y es probable que siga guardando en su despacho un adoquín del muro de Berlín. Ahora cruza precisamente ese muro y nos sitúa en la vieja Leningrado, para contarnos una historia propia del “rojo de salón” que niega ser.

Para la gente de mi generación, que viajaba a la Unión Soviética a aquellos Congresos de la Juventud (...) ver en qué ha degenerado todo eso ha sido una cosa dramática, desgarradora.

Joaquín Sabina

“Unir eso con una historia de amor en Leningrado, cosa que también sucedía en la época, me pareció una buena idea para contar algo de la historia del siglo XX”.

“Me doctoré en tus labios de ocasión,
en una sórdida pensión
de Leningrado
sin pasaporte y fuera de la ley
pero borracho como un rey
desheredado.

Cincuenta rublos era un Potosí
y tu desnudo un maniquí de grana y oro,
nos dieron llaves de la suite nupcial
que era un cuartucho de hospital
sin inodoro.

No era fácil en la Unión Soviética
ir por condones a recepción.
A años luz de la rutina
anidó una golondrina
en mi balcón”.

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Unos amantes en la fría Leningrado, pasando la noche en una pensión de mala muerte y un presupuesto exiguo. No parece a priori el escenario ideal para una historia de amor. Tampoco hay que pasar por el alto el guiño al hermetismo que había en la URSS respecto a la sexualidad. Sin embargo, esta pareja se encuentra en esos días donde todo es fabuloso, y tienen unas ganas voraces de comerse el mundo a cuatro manos. Entre tanta penumbra, hay un rayo de luz que lo ilumina todo, ese desnudo como un maniquí de grana y oro. Y no hace falta nada más, las golondrinas anidan en el balcón.

“No dormir era más dulce que soñar
y envejecer con dignidad
una blasfemia.
Tú con tu boina, yo con barba, viva el Che,
recién conversos a la fe
del hombre nuevo”.

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“Para Sabina, “Leningrado”, se trata de una canción “muy nostálgica” sobre un gran amor de juventud perdido: la revolución”.

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Tendemos a valorar si una pareja se complementa y con eso nos atrevemos a aventurar su éxito o a indicar su fecha de consumo preferente. Aquí el complemento gira en torno al Che, ella con la boina calada, él con la barba. Revolucionarios los dos, dispuestos a cambiar el mundo antes de comérselo. No se plantean envejecer con dignidad, de hecho, piensan que la vejez no les alcanzará a ellos. Hacen muy buena pareja, y la revolución está llena de ideas tan bellas como ellos. ¿Qué puede salir mal?

“No había caído el muro de Berlín
ni reventado el polvorín
de Sarajevo.
Porque la revolución tenía un talón
de Aquiles al portador
y flotando entre las ruinas
enviudó una golondrina
en mi balcón”.

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“Es que la herida incurable es la vida misma, ¿no? Por eso es que toda generación tiene su ilusión juvenil y su desencanto. Yo no celebro ese desencanto, pero tampoco sé si haya que volver a creer en la utopía, después de ver el desarrollo patético que han tenido las utopías en todo sitio”.

De repente un día empiezan a caerse solos esos muros que un día se construyeron en compañía. Ya no observamos como la revolución va de la mano con la pareja ideal, ahora fijamos la vista mucho más abajo; concretamente en esos talones de Aquiles, que ya no son capaces de soportar ningún peso, por liviano que sea. Es curioso comprobar como hay una elipsis brutal en la historia. Pasamos de pasear alegres por el malecón, a ponernos a cubierto tras el reventón del polvorín, cada uno en su trinchera.

“Ayer salías, morena, de un café
ya casi medio siglo que
no te veía.
Eras rubia si no recuerdo mal
Dije y, mintiendo, estás más guapa
todavía.
Me aceptaste una cerveza sin alcohol,
se nos había muerto el sol en los tejados.
Funerales y con nada que decir
vi en tus pupilas un añil
mal dibujado”.

Es una canción que escribí lleno de amargura, por ver en qué ha quedado esa religión del siglo XX que fue la Revolución rusa y todo lo que vino después”, desgrana.

Joaquín Sabina

Entramos de lleno en el territorio de los contrastes, la rubia se torna en morena, y el vodka con limón es sustituido por una triste cerveza sin alcohol. Ya no hay nada que contarse, o para ser más exactos, no hay ganas de contarse nada. Ese maniquí de grana y oro, al que hacía referencia en los albores de la canción, se ha tornado en un añil mal dibujado. Referencias taurinas que nos transportan rápidamente a los célebres versos de “Así estoy yo sin ti”. Así llegamos al final de este viaje fugaz, en el que la decadencia de las repúblicas soviéticas va de la mano con el apagón de la chispa del amor. Y ya nada es suficiente, las golondrinas enviudan en el balcón.

“No sé por qué sigo escribiendo esta
canción
pero me sangra el corazón
cuando lo hurgo.
Supe que te casaste con un juez
y Leningrado es otra vez
San Petersburgo”.

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Justo al final de la canción llega un punto en el que se detiene, y busca una explicación para seguir hurgándose en la herida. Tan cierta es la ausencia de una explicación lógica, como lo inevitable que es hurgarse en las heridas del corazón. Cuando has estado en Leningrado, no te importa que el corazón siga pagando peajes para regresar allí. A pesar de que la cabeza te recuerde que vuestra revolución falló, que ahora aquel lugar es San Petersburgo, y que ya no os pertenece.

VISTO EN REDES.

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